El atleta trujillano es el duodécimo clavadista venezolano en los Juegos Olímpicos. Su sueño es lograr lo que ningún otro compatriota ha hecho: llegar a la final

Venezuela-Japón, con escala en Rusia. No fue un salto fácil, pero el clavadista venezolano Óscar Ariza se lanzó de cabeza en los Juegos Olímpicos de Tokio-2020.

«Es una experiencia extraordinaria», comenta a la AFP Ariza, de 21 años de edad, unos días después de ganar su cupo olímpico en la Copa del Mundo de Clavados, realizada justamente en Tokio, donde entró entre los 18 mejores atletas en la prueba de plataforma de 10 metros, límite para clasificar. «Cuando vi la pantalla y me vi en el puesto 17, fue increíble».

Es el duodécimo clavadista venezolano en Juegos Olímpicos —abrió la cuenta Eduardo Fereda en 1952— y el primer atleta que garantizó presencia en los deportes acuáticos de la venidera edición olímpica, pautada del 23 de julio al 8 de agosto.

Sus marcas hacen improbable una final, pero Ariza habla con ambición: «Mi sueño es entrar en la final olímpica, ningún clavadista venezolano ha podido hacerlo».

En Río-2016, donde los atletas de China arrasaron en los clavados con siete de las ocho medallas de oro posibles, el piso para ser finalista de la plataforma de 10 metros fue de 453.85.

En el Mundial, Ariza recibió 394.95 en la preliminar y en las semifinales, ya con una plaza olímpica en las manos, mejoró a 402.9.

Tiene claro que debe trabajar para «aumentar el grado de dificultad de los saltos» y, de ese modo, aspirar a mayores puntajes.

«Carácter luchador»

Ariza recibió una beca para entrenar en el Centro de Desarrollo de la FINA en Kazán. El viaje a Rusia fue el último envión de su preparación para la clasificación a los Juegos de Japón.

«Ha sido importantísimo, porque me ha ayudado a mejorar», dijo.

Pavel Muyakin, el coach en jefe del centro de entrenamiento en Rusia, ha destacado el «carácter luchador» del joven de Valera (Trujillo, oeste de Venezuela), donde a los 5 años comenzó a zambullirse en la piscina.

«Mi hermana —ocho años mayor— hacía gimnasia. Comencé a hacer gimnasia, no me gustó y me inscribieron en un curso de natación (…). Había un grupo que hacía clavados en el lugar donde yo nadaba. Me quedaba mirándolos siempre y vino un entrenador y me preguntó si quería hacerlos».

Comenzó «súper en serio con los clavados» a los 10 años, de la mano de José Palma, el entrenador que le preguntó si quería saltar y que lo acompañó durante toda su formación y lo llevó hasta la alta competencia.

«Llegó un momento en el que supe que los clavados eran mi vida», recuerda.

Palma dejó de entrenarlo cuando emigró en 2016 a Canadá, uno entre los 5 millones de venezolanos a dejaron el país en busca de mejores condiciones de vida.

Un año después, el técnico con el que decidió empezar de nuevo se fue a Chile.

«Hubo un momento en el que no sabía bien qué hacer», rememora Ariza, quien además sufrió una lesión en el codo izquierdo que lo sacó de acción por meses.

La crisis económica en Venezuela ha deteriorado la infraestructura deportiva y ha llevado a un éxodo de entrenadores, lo que ha complicado la preparación de los atletas venezolanos en este ciclo olímpico.

Pero Ariza se sobrepuso a todo, y de la mano del exclavadista Carlos Istúriz, olímpico en Los Angeles-1984, llega a Tokio.

«Comencé a entrenar con Carlos en 2019 (…). Sin él no hubiese podido llegar», expresa Ariza.

Cortesía: AFP

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